El exilio del Rey emérito despierta incógnitas

La partida forzada del anterior Monarca ahonda la división del Gobierno socialcomunista, preocupa a los españoles y desconcierta en el extranjero

La salida de Don Juan Carlos, forzada por el Gobierno socialcomunista de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, ha desatado una tormenta sin precedentes en la historia reciente y de consecuencias imprevisibles. Por primera vez en la democracia, el Gobierno -paradójicamente, el más débil- ha echado un pulso a la Corona durante meses y ante los ojos de la opinión pública. Y la primera impresión es que, de momento, lo ha ganado, pero que la decisión ha perjudicado a todas las partes. Cinco días después de la partida forzada de Don Juan Carlos, la «operación salida» se presenta como un fracaso.

Inicialmente, Sánchez pretendía contentar de esta manera al ala más radical de la izquierda, pero más bien ha conseguido todo lo contrario como le suele pasar, porque en estos momentos la extrema izquierda quiere más que nunca una República al estilo chavista. Pero como si fuera poco, los carlistas y los independentistas también han enfurecido, tras la decisión del rey emérito, aunque de formas distintas como es lógico.

Los separatistas catalanes en el Parlamento catalán han ido un paso más allá y han votado a favor de considerar a Cataluña republicana, una votación que ha salido adelante con sus votos y la negativa de los partidos constitucionalistas con representación en la cámara, pese a las advertencias de los funcionarios de dicha institución regional.

Además, los medios internacionales se mantienen en vilo ante la inesperada salida de Juan Carlos I y la obertura de un movimiento republicano que coge fuerza con muchas dificultades, porque España es una monarquía parlamentaria y la mayoría de los españoles se sienten alejados de una República socialista plurinacional. Por está razón, incluso el Gobierno socialcomunista se ha dividido, mientras en la Monarquía crecen los recelos hacia el ejecutivo actual.

En cualquier caso, un panorama ardiente con una España desolada, a la espera de lo que pueda en ocurrir en el otoño caliente que se avecina, porque la batalla entre la monarquía y el Gobierno en minoría de socialistas y comunistas no ha hecho nada más que empezar.