Los españoles debemos recuperar nuestro patriotismo, nuestro orgullo nacional y nuestro amor propio

Tras décadas de subversión cultural antiespañola por parte del globalismo, tras siglos de Leyenda negra antiespañola, gracias a los medios de manipulación vendidos y a los políticos traidores muchos españoles ya no aman a su patria por que es que ni la conocen, ni les han contado las hazañas de sus antepasados, nadie les ha hablado de que fuimos el mayor Imperio sobre la faz de la tierra durante 300 años, nadie les ha explicado el porqué de nuestras tradiciones, el sentido de nuestras costumbres el valor de recordar a nuestros antepasados para saber quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos. Millones de españoles viven deprimidos por la falta de trabajo, los bajos salarios o las bajas pensiones y han perdido la esperanza en su tierra y su futuro.

Recomiendo escuchar la oda a España escrita por Don Francisco Encinas y recitada por nuestro amigo David Martínez de discusiones en el Gulag:

Como dijera Don Ramiro de Ledesma Ramos fundador de las JONS detenido y asesinado por las hordas estalinistas en octubre de 1936, y dice Don Santiago Abascal Conde:»Sólo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener patria». Una verdad inmutable la diga Agamenón o su porquero.

Las élites económicas españolas están vendidas al globalismo y no defienden a la nación española, empezando por la dueña del Grupo Santander, Ana Patricia Botín, y siguiendo los presidentes de la gran banca española o del Grupo Planeta, por no hablar de élites económicas secesionistas e hispanófobas vasca y catalana.

Como resultado de esas élites económicas apátridas globalistas padecemos unos medios de manipulación que practican un bombardeo constante contra todo lo que huele a España.

Debemos de recuperar el amor por nuestros antepasados, recuperar la memoria de nuestros heroes,de nuestros caudillos de Viriato, Don Pelayo, Don Rodrigo Díaz de Vivar, Guzmán el Bueno, El Gran Capitán, Don Juan De Austria, de Diego García de Paredes (El sansón extremeño). Nuestros niños deberían saber recitar de memoria los nombres de los hombres que forjaron el mayor Imperio y más duradero jamás conocido,nuestros jóvenes deberían saber que nuestros antepasados vertieron sangre española en Alemania, Austria, Bélgica, Holanda, Alemania, Portugal, Italia, Montenegro, Bulgaria, Grecia, Turquía, Chipre, Malta, Libia, Túnez, Argelia, Marruecos, Sáhara, Guinea Ecuatorial, China, Vietnam, Taiwán, Isla de Guam, Micronesia española, Filipinas, Isla de Diego García, América de Tierra de Fuego a Alaska. Que bajo nuestro acero cayó el Rey protestante de Suecia en tierras alemanas, samuráis japoneses al Sur de Taiwán, la invicta (hasta ese momento) caballería suiza al norte de la actual Italia.

Tenemos que amar a nuestros pintores, a nuestro Velázquez, a nuestro murillo, a Goya y a tantos otros, la pluma de Don Lope de Vega, Don Miguel de Cervantes Saavedra, de Góngora y Quevedo, de Calderón de la Barca, de Gustavo Adolfo Bécquer..

Debemos recuperar la memoria de nuestros grandes inventores como Juan de la Cierva o Isaac Peral,

Como en Numancia antes muertos que esclavos, como en La Coruña cuando todos los hombres yacían muertos y sólo quedaban mujeres, niños y ancianos frente al invasor inglés y Doña María Pita con su coraje logró vencer a los ingleses, con las agallas de la Doña Manuela de Luna (la artillera) que desde Fuentes de Andalucía hasta el norte de España se tiró 7 años en lucha contra el invasor gabacho, como el Empecinado que con una partida de hombres logró poner en jaque a las tropas imperiales napoleónicas entre Valladolid y Madrid o como los garrocheros de Sevilla que vencieron a la caballería prusiana gracias al dominio de sus caballos y de la garrocha (palo largo para conducir a los toros bravos desde un caballo), como los últimos de Filipinas, como Don Blas de Lezo defendiendo Cartagena de Indias, con la inteligencia de los españoles que vencieron el el caribe a los ingleses en «La batalla de los toros bravos”, fuertes como El Sansón extremeño combatiendo a los turcos en Grecia o a los gabachos en Italia.

Debemos tomar el ejemplo de nuestros antepasados y como nos dijo San Juan Pablo II “No tengáis miedo”. Debemos regocijarnos en lo bello y lo bueno y luchar contra el mal y como ejemplo de lo le bello la Conmemoración de la Coronación de la Virgen de la Macarena al salir de la Plaza de España de Sevilla con la canción suspiros de España:

Tenemos que abrazar a todos nuestros hermanos, incluso los equivocados, recuperar el brío, el pundonor, el orgullo, la rectitud, el amor propio de nuestros antepasados, que nadie se crea por encima de los españoles, ni los Hijos de la Pérfida Albión, ni los gabachos, ni los bárbaros del norte, ni los sarracenos, ni los chinos, nadie, que no se crea ningún hijo de hombre mejor que el más humilde de los españoles por muchos millones que tenga.

A los hermanos del otro lado del Atlántico, y de Filipinas, Guinea Ecuatorial, de Portugal, Italia, Andorra, la Baja Navarra (Navarra francesa), El Rosellón y La Cerdaña hoy en manos gabachas decirle lo de aquel poema de Don Rubén Darío:

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fratemos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
y en la caja pandórica, de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, rïente,
cual pudiera decirla en su verso Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis al salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.

Abominad la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres,
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despiertan entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que el alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo,
ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que tras los mares en que yace sepultada la Atlántida,
tiene su coro de vástagos altos, robustos y fuertes.

Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco pristino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el amor de espigas que inició la labor triptolémica.

Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

La latina estirpe verá la gran alba futura:
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros.
¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!