Ahora que cruzamos el ecuador de la temporada de otoño, llega el momento inevitable de hacer balance sobre lo que hemos estado viendo durante estas últimas seis o siete semanas. La versión corta es que estos meses se encuentran atrapados entre dos gigantes: dejamos atrás un verano impresionante y miramos hacia un invierno que promete estar a rebosar de secuelas muy esperadas y estrenos de renombre. Sin embargo, sería un error subestimar la oferta actual. Que sea una propuesta más modesta no significa que falte calidad; de hecho, en pleno auge del anime, el concepto de una temporada «floja» es bastante relativo. Tenemos desde nuevas entregas de comedias de acción consagradas hasta conclusiones que llevan una década gestándose, pasando por producciones extrañas pero valiosas de estudios prometedores. Básicamente, hay mucho material si se mantiene la mente abierta.
Misterios escolares y fenómenos recientes
Dentro de este ecosistema, es imposible ignorar títulos que, aunque han finalizado su emisión recientemente —concretamente el 21 de septiembre de 2025—, siguen resonando con fuerza en la conversación actual. Jibaku Shounen Hanako-kun es el ejemplo perfecto. La premisa nos presenta a Nene Yashiro, quien busca ayuda sobrenatural para solucionar su desastrosa vida amorosa recurriendo a «Hanako-san», el espíritu que supuestamente habita en el baño de las chicas y concede deseos. La sorpresa llega cuando descubre que este espectro es, en realidad, un chico. Con dos temporadas y un total de 36 episodios, la serie juega con las expectativas de la protagonista, quien termina recibiendo una experiencia muy distinta a la que imaginaba, consolidándose como una pieza clave del panorama reciente.
Justicia a mano limpia y dramas psicológicos
Entre las menciones honoríficas de lo que se está emitiendo, May I Ask For One Final Thing ha sido una grata sorpresa. Tras un inicio impactante que nos reveló a una noble capaz de moler a palos a ricos malvados con sus propias manos, existía el temor de que la serie perdiera fuelle. Afortunadamente, ha resultado ser la fantasía de poder perfecta para el momento: ver a crueles explotadores recibir su merecido por parte de una heroína que disfruta impartiendo justicia es tan divertido como suena.
En el extremo opuesto del espectro tonal encontramos This Monster Wants To Eat Me. Su arranque es difícil de digerir, presentando a Hinako y su encuentro con un monstruo que, efectivamente, desea devorarla. No obstante, lo que viene después justifica este macabro planteamiento, sumergiéndose en el trauma de una chica que ha perdido a su familia y lucha contra la ideación suicida. Aunque tarda unos cuatro episodios en arrancar de verdad, la construcción de personajes y sus complicadas relaciones hacen que la espera valga la pena, ofreciendo un yuri con un giro oscuro muy bien ganado.
Nostalgia y personajes conflictivos
Por otro lado, el remake de Ranma ½ a cargo de MAPPA ha sabido mantener su encanto en esta segunda temporada. La animación de las artes marciales es excelente y saca todo el partido a la tensión romántica de la pareja central. Desgraciadamente, la fiesta se ha visto un poco aguada por la aparición del que probablemente sea el peor personaje de todos los tiempos: un viejo verde introducido en el último episodio que provoca ganas inmediatas de apagar el televisor. Solo queda esperar que pronto sea devuelto al abismo estigio del que salió.
La doble vida de los Forger
Entrando en los pesos pesados, Spy x Family continúa demostrando por qué es un imprescindible. La serie sigue siendo capaz de cambiar de género con la misma facilidad con la que su protagonista cambia de disfraz: es elegante, hilarante y profundamente entrañable. La historia de los Forger —Loid, Yor, la pequeña psíquica Anya y el perro clarividente Bond— intentando parecer una familia normal sigue siendo el núcleo de todo, mientras Loid intenta evitar una guerra en Berlint.
Esta temporada ha roto el ritmo pausado habitual para sumergirse en el pasado de Loid, mostrándonos la sangre y el conflicto que le llevaron a abandonar su identidad original. Pero el encanto clásico permanece intacto: Anya sigue siendo el centro de situaciones absurdas que resaltan el contraste entre sus poderes mentales y su cerebro de niña pequeña. Mientras tanto, Yor se ve envuelta en malentendidos similares, más acostumbrada a clavar un picahielos en el cerebro de alguien que a elegir un tema de conversación apropiado. Mientras Wit Studio y CloverWorks mantengan esta adaptación tan ágil, que canaliza tanto el humor como el espionaje estilizado del material original, seguiremos pegados a la pantalla.
Estética punk y crítica social
Finalmente, Gachiakuta ha sabido mantener la rabia punk rock de su estreno. Lejos de quedarse en la superficie, la serie se ha centrado en el impulso de cambiar este «mundo de mierda» y ha reflexionado sobre la ira masculina tóxica que a veces explota en su protagonista. Es un shonen de batallas, sí, pero con mucho cerebro y algunos de los diseños de personajes más brutales que se recuerdan en años.
La trama sigue centrada en Rudo, un chivo expiatorio desterrado de la lujosa y estratificada metrópolis flotante llamada la Esfera hacia los desechos tóxicos de abajo. Allí se une a los «Limpiadores», un grupo que utiliza armas vitales para combatir monstruos hechos de basura. Los últimos episodios han logrado la difícil tarea de centrarse casi por completo en una serie de peleas sin dejar de lado a los personajes y sus historias; hemos sido testigos de la caída en desgracia de antiguos prodigios, hemos visto más sobre la facción de villanos y hemos disfrutado de giros de guion tan impactantes que acaban resultando cómicos. En Gachiakuta, el estilo y la sustancia no son mutuamente excluyentes, ofreciendo un anime de acción poco común que cumple en ambos frentes.